Mohammed al-Ajami es un poeta qatarí que permaneció en prisión desde 2011 por escribir un poema. Inicialmente condenado a cadena perpetua, más tarde su pena fue reducida a quince años de cárcel, y finalmente, gracias a la presión internacional ejercida por las organizaciones de defensa de los derechos humanos, fue liberado tras el perdón concedido por el Emir. El perdón... ese caritativo y liberal gesto...
Ese mismo año, Laura, una mujer holandesa de 22 años en viaje de vacaciones, fue condenada a un año de cárcel por un tribunal qatarí. A la postre no tendría que cumplir su condena, y tan solo con el pago de 3.000 riyales se le permitió abandonar el emirato. ¿Cuál fue su delito? Laura fue drogada en un bar de copas y posteriormente violada. El tribunal la condenaría por tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Su agresor recibió unos buenos latigazos por «adulterio» y por «consumir bebidas alcohólicas». Lo de la violación, ya si eso lo dejamos...
Unos años antes, Marthe, una mujer noruega, había pasado por la misma experiencia. En este caso la situación se resolvió con 16 meses de cárcel para la víctima, una pena de cuyo cumplimiento el Emir perdonó al fin a Marthe. Otro liberal gesto de ese buen hombre... La empresa para la que trabajaba la despidió por conducta inapropiada, así que no tuvo problemas para regresar a su país. En León nos hemos pasado estos días agasajando al representante en España de ese Emirato. Hemos podido leer noticias o propaganda sobre los avances en las condiciones laborales de las personas trabajadoras que levantan las colosales infraestructuras que albergarán el Mundial de fútbol en 2022 y, aunque más de un millón sigan viviendo en campos de trabajo, nuestras conciencias habrán disfrutado de una satisfactoria limpieza en seco que nos permitirá asistir a la siguiente romería teatralizada.
Por eso el 25 de noviembre, día internacional para la eliminación de la violencia contra la mujer, no tuvimos ningún problema en darle a actualizar a nuestro navegador web y leer nuevas noticias y propagandas sobre cómo rechazamos la cultura del sometimiento sobre la mitad de las personas que habitan este planeta. Ya se sabe... el fútbol es así...
Publicado en La Nueva Crónica el 28 de noviembre de 2017
miércoles, 29 de noviembre de 2017
miércoles, 15 de noviembre de 2017
Postcontemporáneos
"Postcontemporáneos" es el último libro de José Ignacio Fernández Herrero, la persona que durante más de doce años me precedió en esta atalaya que en buena parte es dirigir las Comisiones Obreras de León. «Mi abuelo me llamaba Josepe de pequeño», me confesó el otro día, trayendo al hoy otro retazo más de ese ayer leonés del que cada vez queda menos, a ese hoy en el que todo el mundo (yo mismo) lo llama por su segundo nombre: Ignacio.
El compañero Josepe Ignacio es el ejemplo vivo de que vivir en esta tierra llena de complejos y pesimismo no está reñido con pensar con universalidad, utilizando conceptos válidos ya no solo para toda la clase trabajadora, sino para toda la humanidad. En este sentido, su libro es una profunda reflexión sobre los tiempos que vivimos y también una sólida presentación teórica.
Que estamos en los albores de una nueva era es la premisa primordial de este trabajo. La caída del Muro del Berlín, los atentados del 11 de septiembre, y la implantación global de internet, dice, son los hitos que algún día se verán como los actos inaugurales de una nueva Edad; referencias factuales tan útiles y necesarias como para otras edades del pasado lo son el fin del Imperio romano de Occidente o la caída de Constantinopla. No son, sin embargo, ninguno de ellos, acontecimientos constructores del cambio, más bien productos del propio cambio, así como del proceso histórico. Pensamiento líquido que lleva a las relaciones basura (tanto personales como sociales), individualismo, inseguridad anímica y de conocimiento, son algunos de los elementos, nos cuenta Ignacio en su libro, que podrían definir, si no lo evitamos, la nueva Era. En mi opinión, la prueba más decisiva de que ya somos post-contemporáneos es que ya no estamos pensando en nuestro tiempo, que ya no somos «contemporáneos». Nuestro tiempo, nuestro momento histórico, nuestra era, ya nos parece basura. Y solo añoramos otra que llegará. El peligro es creer, contaminados por el evolucionismo cultural, que, sin nuestra participación, necesariamente habrá de ser mejor.
Publicado en La Nueva Crónica el 14 de noviembre de 2017
El compañero Josepe Ignacio es el ejemplo vivo de que vivir en esta tierra llena de complejos y pesimismo no está reñido con pensar con universalidad, utilizando conceptos válidos ya no solo para toda la clase trabajadora, sino para toda la humanidad. En este sentido, su libro es una profunda reflexión sobre los tiempos que vivimos y también una sólida presentación teórica.
Que estamos en los albores de una nueva era es la premisa primordial de este trabajo. La caída del Muro del Berlín, los atentados del 11 de septiembre, y la implantación global de internet, dice, son los hitos que algún día se verán como los actos inaugurales de una nueva Edad; referencias factuales tan útiles y necesarias como para otras edades del pasado lo son el fin del Imperio romano de Occidente o la caída de Constantinopla. No son, sin embargo, ninguno de ellos, acontecimientos constructores del cambio, más bien productos del propio cambio, así como del proceso histórico. Pensamiento líquido que lleva a las relaciones basura (tanto personales como sociales), individualismo, inseguridad anímica y de conocimiento, son algunos de los elementos, nos cuenta Ignacio en su libro, que podrían definir, si no lo evitamos, la nueva Era. En mi opinión, la prueba más decisiva de que ya somos post-contemporáneos es que ya no estamos pensando en nuestro tiempo, que ya no somos «contemporáneos». Nuestro tiempo, nuestro momento histórico, nuestra era, ya nos parece basura. Y solo añoramos otra que llegará. El peligro es creer, contaminados por el evolucionismo cultural, que, sin nuestra participación, necesariamente habrá de ser mejor.
Publicado en La Nueva Crónica el 14 de noviembre de 2017
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Responsabilidades propias
Al parecer eso de la crisis no había llegado a su término. Algunos, obsesionados con los números, no quisieron enterarse de que, más allá de su inicio en los oscuros laberintos financieros, lo vivido estos últimos diez años ha sido en realidad, no solo una crisis económica, sino principalmente una monumental crisis social.
Pobreza, precariedad, desigualdad, injusticia. Esos son los patrones, que con sus números, deberían de preocuparse de medir los pitagorines económicos y los corifeos mediáticos. Y como conclusión de sus mediciones no deberían sorprenderles las reacciones emocionales, cuando no viscerales, que esta crisis ha provocado.
Una de las lecturas que una buena parte de la población ha realizado, y que está en la base de algunos conflictos territoriales, aunque en ningún caso sea la única razón de los mismos, es que las personas somos juguetes de decisiones e intereses cada vez más globalizados y anónimos, y en consecuencia parece lógico reclamar espacios e instituciones cada vez más cercanas y reconocibles desde donde ejercer la resistencia y en las que las decisiones respondan más a los intereses de las personas, y no a las dinámicas del mercado y a la avaricia de unos pocos.
Una respuesta a este razonamiento podría ser el fomento del municipalismo. Sin embargo, algunos prefieren matar moscas a cañonazos y construir obstáculos a la solidaridad. También los hay que, ahogados en esa maraña de globalizaciones y despersonalización de los asuntos públicos, viven como plañideras acusando de todo lo que les pasa a conspiraciones lejanas y secretas. Pero olvidan ejercer en aquellos ámbitos en los que todavía no se ha producido la expropiación de la responsabilidad de decidir.
Los datos de la última EPA siguen demostrando que León se apaga económicamente. Y la reactivación no pasa solo por la generación de empleo mediante la importación de empresas catalanas. Pasa de manera muy importante por la activación del consumo interno. Y para eso, para acordar convenios colectivos con importantes incrementos salariales, solo necesitamos el acuerdo entre leoneses. Ese ámbito de decisión sigue siendo nuestro.
Publicado en La Nueva Crónica el 31 de octubre de 2017
Pobreza, precariedad, desigualdad, injusticia. Esos son los patrones, que con sus números, deberían de preocuparse de medir los pitagorines económicos y los corifeos mediáticos. Y como conclusión de sus mediciones no deberían sorprenderles las reacciones emocionales, cuando no viscerales, que esta crisis ha provocado.
Una de las lecturas que una buena parte de la población ha realizado, y que está en la base de algunos conflictos territoriales, aunque en ningún caso sea la única razón de los mismos, es que las personas somos juguetes de decisiones e intereses cada vez más globalizados y anónimos, y en consecuencia parece lógico reclamar espacios e instituciones cada vez más cercanas y reconocibles desde donde ejercer la resistencia y en las que las decisiones respondan más a los intereses de las personas, y no a las dinámicas del mercado y a la avaricia de unos pocos.
Una respuesta a este razonamiento podría ser el fomento del municipalismo. Sin embargo, algunos prefieren matar moscas a cañonazos y construir obstáculos a la solidaridad. También los hay que, ahogados en esa maraña de globalizaciones y despersonalización de los asuntos públicos, viven como plañideras acusando de todo lo que les pasa a conspiraciones lejanas y secretas. Pero olvidan ejercer en aquellos ámbitos en los que todavía no se ha producido la expropiación de la responsabilidad de decidir.
Los datos de la última EPA siguen demostrando que León se apaga económicamente. Y la reactivación no pasa solo por la generación de empleo mediante la importación de empresas catalanas. Pasa de manera muy importante por la activación del consumo interno. Y para eso, para acordar convenios colectivos con importantes incrementos salariales, solo necesitamos el acuerdo entre leoneses. Ese ámbito de decisión sigue siendo nuestro.
Publicado en La Nueva Crónica el 31 de octubre de 2017
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