miércoles, 27 de diciembre de 2017

2018

Sobre las cenizas de este último año, consumido a mi entender con la fatal sensación de la pérdida de tiempo para este país, habremos de construir el espacio de otros nuevos 365 días que siempre aspiramos que sean de mayor justicia, igualdad y progreso. Los que estamos a punto de dejar atrás fueron tiempo de vueltas sobre vueltas, siempre dejándonos en el mismo lugar. Lo comprobamos con el problema que llaman territorial, aunque en realidad lo es de entendimiento y gestión de la diversidad; y lo soportamos a duras penas con el deseado desmantelamiento final de la mentira de la austeridad como receta para salir de ese fenomenal lío en el que la avaricia y la sacralización de la mentalidad capitalista condujo a las sociedades occidentales.

En este sentido 2017 se caracterizó por la aceptación de la idea de solo el aumento del poder adquisitivo de la clase trabajadora puede activar la economía, de que solo con un reparto equitativo de la riqueza se puede construir una sociedad justa, de que hay que aumentar los salarios y promover un mayor nivel de inversión pública.

Pero el modo peonza en el que estamos instalados no nos lo permite. Unas veces por cálculos electoralistas, otras por conseguir desviar la atención de la corrupción y del enorme deterioro de la imagen de las instituciones, otras por simple egoísmo y cortedad de miras, seguimos dando vueltas sobre lo mismo sin dar un paso al frente, reconocer el error cometido en estos años.

Y los gobiernos, que son elegidos para marcar el rumbo, son capaces de asumir su responsabilidad. Ni se decide aumentar el salario de los empleados y empleadas públicos como primer paso de un movimiento que tendría que afectar al conjunto de las personas asalariadas, ni coloca el SMI al nivel necesario, ni rectifica esa enorme aberración que fue la reforma laboral. Solo andan titubeando, haciendo pequeños gestos, promesas vaporosas sobre como atacar el problema de la temporalidad y la precariedad laboral. Pero los días pasan, no esperan. Y 2018 se acerca apresuradamente, y creo viene vestido con un llamativo ropaje: el hartazgo.

Publicado en La Nueva Crónica el 26 de diciembre de 2017

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Tradición tribal

Fue Julio Caro Baroja quien, hace décadas, señaló la remota profundidad de las costumbres y tradiciones leonesas. El ilustre historiador y antropólogo opinaba que no había pueblo, de entre todos los que componían las Españas, con formas de ser, organizarse y entender el mundo con raíces más antiguas.

De esas tradiciones hay una que está tomando especial relevancia últimamente. No sé si será de las viejas, o será nueva o importada, y de hecho me hubiera gustado conocer la opinión de Caro Baroja sobre la misma; algo ya imposible, pues falleció hace casi treinta años. Me refiero a esa que establece en los leoneses y leonesas la necesidad inevitable de minimizar todo lo propio, de ridiculizar nuestro pasado y nuestra cultura alimentando el apocamiento, el complejo de inferioridad y el desarraigo colectivo. Un comportamiento destructivo que lleva a no saber aprovechar esos valores diferenciales que en un mundo de tanta competitividad empresarial se convierten en elementos claves del éxito económico.

Sin embargo estos días, y aparentemente de forma contradictoria, el desliz de Mariano Rajoy sobre en qué lugar del mundo se dieron los primeros pasos que condujeron al parlamentarismo moderno desató alaridos que alguno seguro que confundió con orgullo regional. No es así. Se bramaba porque es el del otro bando el que ha dicho algo que puede ser atacado. Pero si lo mismo lo hubiera afirmado el de su propia tribu, como de hecho ya pasó hace meses con un titular de un importante periódico nacional, entonces se aplicaría silencio y enmudecimiento. 

Los que practican esta tradición bipolar suelen ser de los que pontifican sobre la inutilidad social de los territorios, de los que utilizan mecánicamente el sofisma de que hablar de regiones es hablar de fronteras, mientras sibilinamente establecen las suyas propias; de los que dicen que son universales, casi cósmicos, pero que solo razonan con lógicas de bandos. Si tan ciudadanos del mundo son ¿por qué entonces son tan tribales?

Publicado en La Nueva Crónica el 12 de diciembre de 2017