miércoles, 22 de agosto de 2018

Respeto

«Espacio de salud, espacio de respeto». Así rezan los carteles que llenan nuestros centros de salud pertenecientes a esa Sanidad Pública cuya gestión es competencia de la Administración autonómica. Sabemos que en esto son unos auténticos hachas. No me refiero, por supuesto, a su competencia en la gestión de lo público, sino a su fina habilidad en manejar la imagen, en vender humo y en que nunca parezcan responsables de nada. Que en nuestros servicios públicos hay problemas con gente incivilizada que no respeta a los profesionales, que solo piensan en ellos mismos y que anteponen cualquier pequeña herida propia a situaciones de verdadero riesgo para la salud de los demás, llegando incluso a la agresión verbal o física contra el personal sanitario, pues, oiga, se pone un cartelín y ya está. Buen diseño, fotito guapa y a correr… Porque en el estado de nervios inducido que se les provoca a los pacientes con esperas interminables en los servicios de urgencia, observando ventanillas cerradas por falta de medios humanos que gestionen la información y la atención así como una organización ineficiente que convierten en habituales las idas y venidas por los pasillos con papeles y más papeles, nuestros profesionales del marketing político no se sienten concernidos.

Yo mismo he podido sufrir recientemente una espera de siete horas y media para atender a una niña de once años que necesitaba un simple enyesado y he observado en ese tiempo a personas perdidas en un galimatías de puertas y pasillos sin ninguna seguridad sobre si están ni siquiera esperando en el sitio correcto ni a qué. Porque esa es la única norma e información que se les transmite: espere. Al señor Consejero de Sanidad de esa especialista en vallas publicitarias que es la Junta de Castilla y León le digo: aplíquese el cuento, porque ustedes hace mucho que han perdido el respeto a los usuarios y las usuarias de la sanidad pública. Y por no respetar ni siquiera respetan que a la gente se les hinchen las narices y protesten. Por lo visto su espacio de saludable respeto no es que sea pequeño, simplemente no existe.

Publicado en La Nueva Crónica el 21 de agosto de 2018

miércoles, 8 de agosto de 2018

Cuando suenan las campanas

Con la llegada de las semanas centrales del verano, León se vuelve más rural si cabe. Nuestros pueblos, abandonados y vacíos durante muchos meses, se llenan de muchos de los que, durante años, abandonaron nuestra región, exiliados por la falta de trabajo y oportunidades. También los que se han ido concentrando en nuestras pequeñas ciudades huyen del asfalto y buscan el olor a verde y al de ‘boñica’, aunque éste ya no lo encontrarán, pues apenas nos quedan de esas vacas que tanta riqueza dieron hace décadas. Regresan con todos ellos el recuerdo de tradiciones, se reabren los teleclubs y nos convencemos de que los treinta últimos años nunca existieron.

Leo en La Nueva Crónica que en Villavante se han puesto a repicar las campanas como antaño y me doy cuenta que en este verano la vuelta al pueblo incluye también a la capital de la región. Es posible que la ciudad de León haya entrado también en la lista de pueblines a los que se vuelve durante las vacaciones. Y lo digo porque en estas semanas hemos comprobado cómo también aquí se ha montado un buen concurso de repique de campanas. 

Es lo que ocupa todas las conversaciones de seranos y calechos, aunque sean seranos y calechos urbanitas, de esos que se celebran en las terrazas de los bares. Ésta sí que es un tradición rural donde las haya. Los campaneros tocan frenéticamente las campanas con los timbres que más les convienen, selectivamente, ignorando el sonido de otras campanas, embrollando las llamadas a concejo, con las de la ‘facendera’, o las de a muerto. Es tal el ruido y confusión que producen que muchos, en las terrazas, ya ni prestan atención. Es posible que así se queme el monte entero y los vecinos ni siquiera se hayan levantado de sus sillas. 

Además, el toque de campana ‘a corrupción política’ es difícil de reconocer. Me temo que no estaba en repertorio habitual utilizado antiguamente por los campaneros. No es un toque nuevo, la verdad. Pero sí es un toque que en el pasado se daba con una honestidad que permitía que su sonido invadiera cada rincón de los valles.

Publicado en La Nueva Crónica el 7 de agosto de 2018