Los tiempos de Mr. Marshall son ya muy lejanos. Aquella España de sometimiento psicológico en la que el pueblo trabajador, perdido ya su afán revolucionario y de construcción de una sociedad justa e igualitaria, esperaba paciente y humilde las dádivas de los poderosos dicen que ya no existe. Vivimos en una democracia moderna, en un sistema político en el que todos y todas somos iguales ante la ley, ante los tribunales, ante el fisco, y también ante el ojo escrutador del periodismo. No hay razón, al parecer, para pensar otra cosa.
Es por ello que su visita, Sr. Presidente, no deberíamos considerarla como una de aquellas fastuosas giras con las que la monarquía británica regalaba a sus colonias, repartiendo sonrisas y saludos, anuncios de obras de caridad, mejoras sociales y promesas solemnes de encontrarse siempre en lo más profundo del corazón de sus amorosos y benevolentes monarcas. No, en este Estado moderno y avanzado, ya no existe ese tipo de populismo paternalista.
Usted, Sr. Presidente, llega hoy a León a pronunciar las palabras justas de un desagravio. Viene a reconocer su involuntario lapsus y a decirnos que somos cuna del Parlamentarismo, algo de lo que muchos leoneses y leonesas se enterarán por su amable gesto. Es probable que su anuncio se acompañe de otros cargados de augurios de un futuro mejor para esta tierra. Quién sabe si sobre la Ciudad del Mayor, o sobre el futuro de las cuencas mineras, o sobre un nuevo proyecto de una multinacional de la que antes nunca habíamos oído hablar. Pero en ningún caso todo ello podrá considerarse como regalos y abalorios que se entregan a las colonias. Eso no cabe en la España de hoy. En la tierra de las tasas de actividad irrisorias, del exilio para buscarse las habas, de la despoblación y del descenso a la segunda división de los pueblos de España, nos recordará que estamos en el corazón de nuestros gobernantes y que ocupamos simbólicamente una cuarta parte del escudo de la nación. Y eso ha de bastarnos. Porque estamos en un Estado moderno y aquí las cosas se ganan con esfuerzo y se reparten con escrupulosa equidad.
No, señor Presidente. ¿Cómo va a ser usted igual que Mr. Marshall?
Publicado en La Nueva Crónica el 23 de enero de 2018
Empapizar es forma verbal recogida en el Diccionario de la Academia como propia de Asturias y de León. Como ocurre con otros términos que fueron coleccionados por los académicos de entre el resto de las lenguas españolas –en este caso de la mencionada Estatuto de Autonomía de Castilla y León– no se recoge en la entrada del diccionario todo su completo contenido semántico. Para los de estas latitudes es una palabra que no solo significa «atragantarse comiendo o bebiendo» sino que usamos cuando algún tipo de comida nos llega a cansar de tanta cantidad digerida o de tantas y repetidas veces presentada en nuestros menús.Empapizaos, diría que estamos pues, de tantas y repetidas veces en las que las noticias nos muestran la degradación de nuestro sistema público de Salud. Esta última semana el guiso fue la lamentable falta de personal médico en el Centro de Salud de Eras de Renueva, pero semana tras semana, mes tras mes, la reiteración de listas de espera interminables, de vacantes no cubiertas, de mala gestión de turnos y vacaciones, nos empapizan y nos empapizan sin remedio. En realidad ocurre con casi todo en esta España que nos ha tocado vivir. Están consiguiendo, a base de sobrealimentación informativa y de aburrimiento, que una inmensa mayoría se acostumbre a vivir empapizada, con la sensación de que no hay nada más de lo que alimentarse, de que la fatalidad y el destino es a lo que nos han condenado. Ya nadie se sorprende de que el menú del día de los medios de comunicación sea siempre corrupción, indignidad política, incoherencia, partidismo hooliganista y de postre, siempre tarta de desvergüenza y pobreza. ¿Para qué protestar? piensan muchos. Esta es la clave de lo que nos está ocurriendo. Es tal el nivel de informaciones sobre todo tipo de dislates, incompetencias políticas, degradación de lo público y corrupción, que la ciudadanía ha reaccionado de la peor de las formas posibles: empapizándose. Pero no olvidemos que tras ello siguen existiendo unos paladares exquisitos que desean nuevos platos y recetas.
Publicado en La Nueva Crónica el 9 de enero de 2018