miércoles, 31 de mayo de 2017

La Ciudad del Mayor

La Plataforma ‘León en Público’ celebró el pasado viernes un acto reivindicativo frente a la llamada ‘Ciudad del Mayor’. Se reclamaba la apertura del centro, con obra terminada en 2010, pero que es un proyecto concebido nada más y nada menos que en 2004. Trece años, que es siempre una cifra respetable a la vez que de mal agüero.

Pero la reclamación de su apertura se hacía rechazando esas leyes y decretos-trampa con los que el Gobierno del PP ha llenado el camino de los servicios públicos. Que hoy se vea como una necesidad imperativa que el rebautizado como ‘CRE en Atención a Personas en situación de Dependencia’ sea gestionado por una empresa privada, no es más que otro capricho legislativo y político, tan caro para los intereses de la ciudadanía, como lo es el que nuestros ayuntamientos tengan que acudir a ETTs para cubrir las bajas por enfermedad de sus empleados o empleadas; algo que ha supuesto, como en algún caso ya constatado y denunciado, un coste económico tres veces mayor que el de acudir a la contratación laboral directa. Coste para la ciudadanía, beneficio empresarial. Ecuación perfecta.

¿Por qué no se pone en funcionamiento la Ciudad del Mayor? ¿Será porque el centro, sin haber sido utilizado, ya necesita obras de reparación? ¿Será porque en este país del interés, siempre es más interesante atender a las llamadas y presiones de constructores que a las demandas callejeras de la ciudadanía, y será por eso que los presupuestos públicos se llenan de obras, obras y más obras, y no de servicios y atención a las personas? ¿Será porque hay que esperar a que la empresa elegida cumpla los requisitos legales para asumir la gestión? ¿O será que ya no es necesaria?

Tal vez la razón sea esta última. En una región como la nuestra, condenada a la despoblación y el envejecimiento, empujada constantemente a que reconozca su inevitable destino de que solo el turismo es el futuro, todo apunta a la visionaria idea de que toda la capital sea una gran y mundialmente famosa Ciudad del Mayor. ¡Que tiemble Las Vegas!

Publicado en La Nueva Crónica el 30 de mayo de 2017

miércoles, 17 de mayo de 2017

El privilegio del becariado

La lógica del neoliberalismo avanza sin freno. Superada esa titubeante fase en la que sus proposiciones apenas alcanzaban el estadio de retórica con la que satisfacer sus ambiciones y esconder sus intereses, hoy alcanza un nivel casi de cosmogonía.

Cuando el capital, la acumulación avariciosa de dinero y de beneficios, lo es todo, no hay lugar para nada más. Ni hay espacio para los derechos, ni para la diversidad, ni siquiera para el más primitivo y elemental humanismo. Los primeros ejemplos nacionales de estos vómitos los tuvimos hace tiempo en esta tierra nuestra. Entonces hubo quien llegó a proponer que deberían ser los trabajadores quienes indemnizaran a las empresas cuando fueran despedidos. En su concepción ideológica el dios-dinero había concedido una gracia al trabajador y trabajadora dándoles trabajo con el que consumir sus miserables e irrelevantes vidas, y estos estaban obligados a reconocer la generosidad de su Creador (no hay trabajo sin empresarios, ¡toma ya!) mediante la sumisión y la aceptación de su inferioridad social.

Hace pocos días, el conocido cocinero Jordi Cruz se jactaba del privilegio que suponía tener en su cocina a un cincuenta por ciento de la plantilla sin salario alguno, viviendo de la satisfacción de trabajar junto a un héroe mitológico como es él. «Aprendiendo sin costarles un duro» añadía. «Con alojamiento y comida gratis» concluía mientras en su cabeza se dibujaba un ¡chúpate esa, Dickens!

Al Jordi este no se le puede hablar de que en la legislación de Hostelería no existe la categoría profesional de becario, y menos la de ‘stagier’ con la que mágicamente les quería conceder un nivel superior al de otros becarios o becarias de tres al cuarto. Tampoco de que la formación profesional está perfectamente regulada para evitar el abuso y la alienación. No, con los Jordis solo se puede hablar de magia, mitología y dioses. Como para los antiguos griegos, para él la ciudadanía solo es privilegio de un diez por ciento de la población.

Publicado en La Nueva Crónica el 16 de mayo de 2017

miércoles, 3 de mayo de 2017

Un clavo y una espiga

Andamos estos días en Comisiones Obreras en la conmemoración del 40 aniversario de la legalización de los sindicatos en España. Algún día comentaremos la circunstancia de que esta legalización se produjera con posterioridad a la del PCE, siempre considerado como la verdadera «bicha negra» del dictador, de la misma manera que en otros momentos democratizadores de la historia siempre sopló el viento más favorablemente para el reconocimiento de la libertad de expresión, que para el derecho de reunión o de asociación de los trabajadores y trabajadoras.

El próximo día 6, en Villablino, recordaremos a Benjamín Rubio, pero el pasado 28 de abril, junto con el PCE, lo hicimos con Antonio Larín, un luchador incansable y factótum decisivo en la conformación de las Comisiones Obreras de León capital.

Tan conocido era Larín para la Brigada Político Social por su militancia y dedicación a la lucha obrera, que en ocasiones sus compañeros lo utilizaban como cebo y lo lanzaban a pasear por Santo Domingo u Ordoño para atraer la atención de la policía, mientras el resto aprovechaba para repartir propaganda «peligrosamente subversiva» en cualquier otro barrio de la ciudad.

El día que murió su madre pretendieron burlar a los agentes del régimen colocando en su lápida un símbolo codificado que representara la hoz y el martillo que es emblema del comunismo. Por eso hicieron grabar sobre la piedra un clavo y una espiga. No coló, pero en el recuerdo nos quedará el hermoso acto de poesía política que Larín, posiblemente sin saberlo, llegó a imaginar. Los objetos transformadores de la realidad, esas herramientas que representaban a principios del siglo XX a los obreros y al campesinado, fueron sustituidos por los objetos que han de ser transformados. No sé si Larín entendió que su madre había pertenecido a esa clase social, que sin conciencia ni formación, debe ser objeto de transformación mediante la acción política, esa que también representan las herramientas. No sé si lo pensó. Pero como acto de poesía que fue, hizo lo que debía. Como siempre.

Publicado en La Nueva Crónica el 2 de mayo de 2017