miércoles, 19 de abril de 2017

¡Otra vez en el pódium!

¡Hemos vuelto a conseguirlo! Tras haber batido todos los récords mundiales y haber colocado a León en la cabeza de los rankings de noticias judiciales, una vez más volvemos a estar en lo alto de la tabla de clasificación de la atención de los medios nacionales. Venimos, bastante sobrados, haciendo temporadas muy regulares y meritorias en despoblación, paro registrado, tasa de actividad y otros muchos indicadores que consiguen, persistentemente, que se hable de León. Ya sabemos, lo importante es que se hable de uno aunque sea para mal.

Ha sido en este fin de semana, aún aturdidos de cornetas y tambores, cuando podíamos leer un nuevo artículo de un medio de comunicación de ámbito nacional en el que el nombre de León volvía sonar con timbre fuerte y pomposo: ¡hemos conseguido el subcampeonato de provincias «menos protestonas»! Solo nos supera Santa Cruz de Tenerife aunque, todo sea dicho, lo han tenido más fácil que nosotros para dejar de protestar.

La información se centra en analizar el número de manifestaciones y concentraciones comunicadas a las autoridades durante el pasado año 2016, y ofrece datos de variación respecto del año anterior. Y en ello el esfuerzo de León ha sido titánico: ¡un 92% menos que en 2015! Hemos conseguido obviar todas las promesas incumplidas en infraestructuras, los olvidos presupuestarios, el ninguneo institucional, las minas, el paro, los empleos y los salarios basura, y todos a una hemos decidido que íbamos a dejar de protestar. ¡Que se enteren de lo que somos capaces! Habrá quien ya estará pensando para sus adentros que en esto, como en casi todo, la mayor responsabilidad en tal éxito es de los ‘sindicatos’ (sí, ese ente en plural abstracto que sigo sin entender), pero evitaré pronunciarme, no vaya a ser que se me acuse de arrimar el ascua a mi sardina. Peor es lo de Valladolid. Así nunca se hablará de ellos. Con el viento soplando a favor en eso de dejar de protestar van e incrementan sus protestas en el último año nada más y nada menos que un 504%. ¡Están locos estos castellanos!

Publicado en La Nueva Crónica el 18 de abril de 2017

miércoles, 5 de abril de 2017

El fondo de la cuestión

No hay médicos que pasen por la habitación de ese enfermo que llamamos León. Las visitas se reducen a parientes más o menos lejanos, bien entrenados en el arte de simular circunspectas caras de preocupación. No son mala gente, simplemente son así. Aprendieron a representar en sus caras la aflicción vacía con la misma facilidad con la que esbozar sonrisas huecas e impostadas.

También suelen aparecer notarios. Resultará extraño que así sea pero es que parece haber en el seguimiento de su enfermedad una especial afición por levantar acta de cada uno de los síntomas que presenta el paciente. Que si baja tensión arterial de actividad industrial, que si flaccidez muscular de una población basada en pensionistas y funcionarios, que si la fiebre que hace que cada año seis o siete mil personas decidan huir de sus pueblos y ciudades se mantiene persistentemente alta; todos y cada uno de los síntomas son registrados con minuciosidad. Solo en ocasiones aparecen sanadores por la habitación que aplican pomadas, ungüentos y ocurrentes cataplasmas que siempre acaban secas y malolientes sobre su piel.

Se me olvidaba. También pasan registradores de la propiedad. Hay quien dice que por el empeño de alguien por facilitar el inventario de bienes en caso de que se produzca el fatal desenlace y haya que repartirse la herencia. Seguramente serán maledicencias sin fundamento.

Una pequeña variación en alguno de los síntomas y todos ellos se alborotan. Disminuye por ejemplo el paro registrado y todo son parabienes, pero ello es casi como celebrar que cualquier otro enfermo haya reducido su nivel de deposiciones. A un lado, escondidos y olvidados, quedan los exiliados y exiliadas que empezaron a formar parte de la infame lista de parados y paradas de cualquier otro territorio.

Los que no pasan son los médicos. Ese es el fondo de la cuestión. Aún no se ha establecido cuál es la enfermedad que lo ha postrado y lo consume. Tal vez, como un día escribió Julio Llamazares, tan solo sea una depresión.