miércoles, 21 de febrero de 2018

Suicidio asistido

Es cosa sabida que, en esto de las carreras políticas, cuando se otea el horizonte del final las lenguas se afilan y se sueltan rebelándose contra la prudencia (o la cobardía, vaya usted a saber) que imponía el calorcito de las poltronas. En unos casos, comienzan a contarse cosas que hasta ese momento nunca se dijeron, y que muchos esperarían que se hubieran dicho justo en el momento en el que realmente hubieran sido útiles para el bien común; y en otros, los de los venerables abuelitos que han cubierto todas las etapas del cursus honorum de lo establecido, de lo políticamente correcto y del pastoreo condescendiente de esas masas populares por las que tan poco respeto tienen como ignorantes las consideran, sus lenguas se llenan de imprecaciones, anatemas, dogmas y sentencias que solo pueden llegar a pronunciar los que se creen ya letra impresa de la Historia.

Este último caso parece el del presidente Herrera. Su retórica parece haber adquirido un tono que prefigura la inminente proclamación de su divinidad, máxima aspiración de cualquier emperador romano que de sucesor de Caesar se preciara. En la última sesión de control de las Cortes de Castilla y León al Ejecutivo autonómico repartió furias y lexatines a cualquiera que osaba ejercer su función democrática de control, al tiempo que bondadosamente defendía (beatus ille) las cartas de amor que el Consejero de Sanidad se dedica a sí mismo. Peor fue la medicina recibida por el portavoz de la UPL, Luis Mariano Santos, pues a este le prescribió un «suicidio político» si persistía en sus convicciones, y esto sí que son palabras mayores.

Resulta aterrador pensar en el divino Herrera como boticario shakespeariano y no tanto por su epifanía como Esculapio, ni porque se coloque por encima de la prohibición de las leyes de Mantúa, sino más bien porque sea capaz de hacerlo sobre las de Génova, que bien conocida es su proclama del carácter sagrado de la vida humana. Más aterrador aún, el presentimiento de que pretende llevar al último extremo la idea de su partido sobre la prisión permanente revisable. Para Herrera, en realidad, la prisión permanente no es revisable. 

Publicado en La Nueva Crónica el 20 de febrero de 2018

miércoles, 7 de febrero de 2018

Más nieve, por favor

Año tras año, encuesta tras encuesta, se confirma una profecía pronunciada hace largo tiempo. Grandes zonas de España, principalmente del oeste, se vacían de población y convergen en los grandes espacios urbanos del centro y el este del territorio nacional, que son los lugares priorizados por el centralismo político para que hombres y mujeres vivan sus vidas en condiciones de precariedad laboral, individualismo y desarraigo, fatalismo y esperanza inútil en la redención tecnológica.

Los datos de la última edición de la Encuesta de Población Activa no deberían ser una sorpresa. Y en cualquier caso me temo que tampoco van a provocar entre las gentes del oeste de España ningún airado sentimiento de indignación, ni ninguna respuesta racional de rebeldía ni ninguna convicción colectiva de que todas y todos juntos podríamos cambiar el destino que nos han escrito. 

Hace tiempo que los hombres y mujeres de las tierras que miran hacia occidente viven en estado de alienación. Les basta con leer en los medios de comunicación que España va bien, con atender a los problemas identitarios, territoriales o a la lucha de intereses e intrigas de las oligarquías de carácter y aficiones tan parecidas a las de los antiguos persas. Viven las vidas de otros, los deseos y las ambiciones de otros, los intereses de otros, el futuro de otros.

Como mucho les sorprende que ahora no nieve como antes. Es una frase que leemos mucho en esas piezas informativas con las que los medios aderezan de humanidad sus aburridas crónicas de nuestro día a día. Y en ello tienen razón. Porque al menos ojalá nevara un poco más. Ojalá cayera una de esas nevadas del tiempo de nuestros abuelos que bloqueara las carreteras y los ferrocarriles, que impidiera el despegue de los aviones y que cortara las comunicaciones hasta el punto de no poder recibir noticias de esa otra España que solo mira para nosotros cuando nos liamos a tiros o cuando arden nuestros bosques.

Una buena nevada serviría para que todo se parase. Quizás entonces, mirando la nieve a través de la ventana, tendríamos tiempo para pensar y tomar nuestras propias decisiones.

Publicado en La Nueva Crónica el 6 de febrero de 2018