Ya no sé si es insensibilidad, sordera, visión de túnel provocada por el frenesí avaricioso, gusto selectivo por el favorecimiento de un pocos, o simple y llana locura. En cualquier caso, la falta de olfato que empiezan a demostrar nuestros actuales gobernantes resulta alarmante. Es una anosmia de libro no entender (tan confiados ellos en el poder de su propaganda, del ruido mediático, y de la virtual hiposmia social sobre la corrupción política), no entender, digo, que el rumbo de los acontecimientos comienza a prefigurar un inminente estallido social.
Durante años, la precarización de las condiciones laborales, la pérdida de poder adquisitivo de la clase trabajadora y el debilitamiento de las libertades civiles y del Estado Social fueron ingredientes principales en los guiones de telenovela sobre la necesidad de austeridad y de priorización de la economía sobre cualquier otra cuestión. Era otra vuelta más a las razones de Estado, a los abstractos marcos de convivencia y a la desracionalización del orden constitucional en favor de una concepción mística de la misma. Constitución como palabra mágica, un abracadabra ausente de referencias y contenidos reales.
Estos nuevos padres constitucionales, instalados en su Olimpo, olvidaron que un orden constitucional son valores, principios informadores de la sociedad, contenidos normativos concretos, y de este modo olvidaron su artículo 50, ese de las pensiones suficientes y periódicamente actualizadas. Y ahora se encuentran con el problema de que una importante parte de la población, la misma que sujetó los conceptos de orden, estabilidad y austeridad está muy, pero que muy, cabreada.
No han tenido en cuenta que en los momentos más difíciles, antes de que la apertura de la espita de los créditos y de la financiación bancaria hayan creado la ilusión de crecimiento, el estallido social estaba controlado por el hecho de que las pensiones habían sostenido la vida de cientos de miles de personas. Y ahora ¡oh, narices privilegiadas! van y regalan subidas por el valor de un franqueo postal. ¿Se preguntan hasta cuándo se iba a sostener la mentira? Yo se lo digo: hasta este año. Empieza otra historia.
Publicado en La Nueva Crónica el 20 de marzo de 2018
miércoles, 21 de marzo de 2018
miércoles, 7 de marzo de 2018
8-M: El conticinio
Hace unos días escuché a alguien decir que la Huelga del próximo día 8 de marzo iba a ser muy diferente a todas las que hasta ahora se ha llevado a cabo en España. Opinaba que en el pasado las huelgas eran acciones defensivas, convocadas como respuesta a una agresión a la clase trabajadora, mientras que la que se avecina para esta semana era una huelga a la ofensiva, una movilización que pretendía cambiar el estado de las cosas. Sin embargo, aunque entiendo su argumento, no puedo compartirlo.
En tiempos de sacralización de nuestra actual Constitución, en la que se proclama como norma imperativa la igualdad de todos y todas, no parece acertado pensar que parar la actividad laboral para protestar por la discriminación que sufre el 51 por ciento de la población de este y cualquier otro país deba considerarse de otra forma que no sea como pura autodefensa. Cuando miles y miles de mujeres siguen siendo asesinadas anualmente por ser consideradas como sometidas a la voluntad y los deseos de los hombres, cuando la precarización laboral a la que unos pocos privilegiados pretende condenar a la clase trabajadora se ceba especialmente con ellas, cuando muchas siguen sufriendo acoso sexual en sus trabajos con graves consecuencias cuando es denunciado, cuando la brecha salarial se agrava por muchas y muy diferentes razones pero, entre otras, por la provocada degradación de la capacidad de intervención de los convenios colectivos en el mercado de trabajo, resulta grotesco no hablar de respuesta a una agresión.
Y una agresión es también que todo suceda con la pretensión de que vivamos permanentemente en una especie de conticinio, es decir, en esa hora de la noche en la que todo está en silencio. No obstante, para los antiguos romanos el conticinium era propiamente el tiempo que sucedía al gallicantus, el momento de la noche en el que cantaba el gallo. Y así puede que cobre nuevo sentido nuestra agenda. Igual sí que estamos en la hora en la que los gallos han tenido que callar sus soeces cantinelas de desigualdad, pero en la que el conticinio de esta larga noche no está precisamente en silencio.
Publicado en La Nueva Crónica el 6 de marzo de 2018
En tiempos de sacralización de nuestra actual Constitución, en la que se proclama como norma imperativa la igualdad de todos y todas, no parece acertado pensar que parar la actividad laboral para protestar por la discriminación que sufre el 51 por ciento de la población de este y cualquier otro país deba considerarse de otra forma que no sea como pura autodefensa. Cuando miles y miles de mujeres siguen siendo asesinadas anualmente por ser consideradas como sometidas a la voluntad y los deseos de los hombres, cuando la precarización laboral a la que unos pocos privilegiados pretende condenar a la clase trabajadora se ceba especialmente con ellas, cuando muchas siguen sufriendo acoso sexual en sus trabajos con graves consecuencias cuando es denunciado, cuando la brecha salarial se agrava por muchas y muy diferentes razones pero, entre otras, por la provocada degradación de la capacidad de intervención de los convenios colectivos en el mercado de trabajo, resulta grotesco no hablar de respuesta a una agresión.
Y una agresión es también que todo suceda con la pretensión de que vivamos permanentemente en una especie de conticinio, es decir, en esa hora de la noche en la que todo está en silencio. No obstante, para los antiguos romanos el conticinium era propiamente el tiempo que sucedía al gallicantus, el momento de la noche en el que cantaba el gallo. Y así puede que cobre nuevo sentido nuestra agenda. Igual sí que estamos en la hora en la que los gallos han tenido que callar sus soeces cantinelas de desigualdad, pero en la que el conticinio de esta larga noche no está precisamente en silencio.
Publicado en La Nueva Crónica el 6 de marzo de 2018
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