Hace unos días recibí una carta de una organización leonesa. Me refería el deseo de un niño con cáncer de formar parte del libro Guinness de los récords consiguiendo la carta en cadena más larga del mundo. A tal efecto me invitaba a reenviar la carta a diez empresas, autoridades locales, escuelas o universidades; y me adjuntaba copias de las que a su vez habían franqueado una veintena de ayuntamientos, diputaciones, organismos autonómicos, colegios, institutos, universidades y mandos superiores de las fuerzas del orden público. Todas ellas detallaban las diez instituciones o autoridades a las que se habían dirigido con el triste y fútil deseo de un niño con cáncer.
Tras leerla solo vi un problema: que no había tal carta del niño con cáncer. Todas y cada una de las instituciones se limitaban a redactar un escrito propio en el que reproducían las palabras de la carta que habían recibido y se avenían a repetir el conjuro señalando a otras diez personas que desde ese momento se verían en la disyuntiva de elegir entre vencer a la superstición o dejarse arrastrar por la corriente y evitar así la mala conciencia que siempre provoca la insensibilidad con los deseos de un niño con cáncer.
El libro Guinness de los récords nunca podrá saber cuántas cartas de este tipo se han podido enviar. En ningún lugar figura la identidad del niño, dónde empezó la cadena, ni se establece ningún mecanismo de control para que una de las organizaciones más mencionadas en los bulos de la red pueda satisfacer el sueño de un niño con cáncer, e incluir así su nombre en el famoso libro.
Es fácil dejarse llevar por una cadena de este tipo. No exige gran cosa: escribir diez cartas, franquearlas, depositarlas en un buzón... Nada demasiado severo teniendo en cuenta el deseo de un niño con cáncer. Con la mayoría de las cadenas que llenan el mundo pasa algo parecido. Siempre son pequeñas cosas intrascendentes, minúsculas cuestiones que por sí mismas no parecen decidir nada. Por ello somos condescendientes. Pero todas juntas hacen una enorme y poderosa cadena.
Publicado en La Nueva Crónica el 27 de junio de 2017
miércoles, 28 de junio de 2017
miércoles, 14 de junio de 2017
El consejero leonés
"Pon un consejero leonés en tu vida". Esa es la máxima que cualquier organización que se precie ha de tener en cuenta para operar en territorio leonés.
Herramienta utilísima donde las haya, tanto sirve para un roto que para un descosido, pero fundamentalmente se hace imprescindible para el control de daños que en momentos determinados puede ocasionar ese difícil carácter de los leoneses, tan dados al lloriqueo y a señalar la afrenta y la desigualdad territorial.
Un consejero leonés te hará un trabajo impagable cuando haya que desmontar esas vacuas creencias que suelen establecerse en el territorio leonés sobre una y otra cuestión. Da igual que una inmensa mayoría de sus habitantes convengan en lo que sea. Lo mismo da que esa mayoría se haya conformado con actores que nadie nunca imaginó que pudieran compartir algo: sindicatos, cámaras de comercio, organizaciones empresariales, colectivos sociales, etc. El consejero leonés establecerá sin dudar el carácter de lo posible y de lo imposible, dedicará una mirada condescendiente a sus paisanos, y les recordará, impávido, que su opinión, por más amplia e imparcial, es la única verdad sobre lo que sea.
El consejero leonés siempre vendrá acompañado por una notable corte de aduladores y obsequiosos opinadores, de esos que llenan tertulias radiofónicas o tribunas periodísticas. Estos siempre sabrán aplicar su cinismo a la cuestión que en cada caso toque, y tirarán de inmediato de su memorizado mantra de falacias y rápidas descalificaciones que persiguen perpetuar el statu quo que la organización del consejero leonés defiende por encima de todo: localismo, victimismo, desunión, fronteras… Unos y otros, consejeros y opinadores, son ya tan repetitivos y cansinos en su desgastada retórica que solo consiguen traerme a la mente una única frase mágica. Pronunciada habitualmente por Simpson, ese conocido filósofo moderno, es sin duda reflejo del hastío que sienten esa inmensa mayoría de leoneses y leonesas que no tienen cargo de consejero o consejera: «Me aburro».
Publicado en La Nueva Crónica el 13 de junio de 2017
Herramienta utilísima donde las haya, tanto sirve para un roto que para un descosido, pero fundamentalmente se hace imprescindible para el control de daños que en momentos determinados puede ocasionar ese difícil carácter de los leoneses, tan dados al lloriqueo y a señalar la afrenta y la desigualdad territorial.
Un consejero leonés te hará un trabajo impagable cuando haya que desmontar esas vacuas creencias que suelen establecerse en el territorio leonés sobre una y otra cuestión. Da igual que una inmensa mayoría de sus habitantes convengan en lo que sea. Lo mismo da que esa mayoría se haya conformado con actores que nadie nunca imaginó que pudieran compartir algo: sindicatos, cámaras de comercio, organizaciones empresariales, colectivos sociales, etc. El consejero leonés establecerá sin dudar el carácter de lo posible y de lo imposible, dedicará una mirada condescendiente a sus paisanos, y les recordará, impávido, que su opinión, por más amplia e imparcial, es la única verdad sobre lo que sea.
El consejero leonés siempre vendrá acompañado por una notable corte de aduladores y obsequiosos opinadores, de esos que llenan tertulias radiofónicas o tribunas periodísticas. Estos siempre sabrán aplicar su cinismo a la cuestión que en cada caso toque, y tirarán de inmediato de su memorizado mantra de falacias y rápidas descalificaciones que persiguen perpetuar el statu quo que la organización del consejero leonés defiende por encima de todo: localismo, victimismo, desunión, fronteras… Unos y otros, consejeros y opinadores, son ya tan repetitivos y cansinos en su desgastada retórica que solo consiguen traerme a la mente una única frase mágica. Pronunciada habitualmente por Simpson, ese conocido filósofo moderno, es sin duda reflejo del hastío que sienten esa inmensa mayoría de leoneses y leonesas que no tienen cargo de consejero o consejera: «Me aburro».
Publicado en La Nueva Crónica el 13 de junio de 2017
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