Sorprende la serenidad y estoicismo con la que nos estamos tomando la muerte de muchos territorios. Seguro que, puestos a señalar virtudes, habrá quien se tome este comportamiento como un gesto de dignidad ante una muerte que se considera ya segura. Con los días contados, esa resignación seguro que da para muchos volúmenes de filosofía. Lo que ocurre es que los territorios que se nos mueren son curiosamente los más débiles o los más alejados culturalmente de una norma no escrita pero sí impuesta. Y seguir diciendo que todo esto es fruto de la globalización es, aparte de una perogrullada, una auténtica sandez.
Propio de Perogrullo es sentenciar que los fenómenos de deslocalización industrial que vivimos en la actualidad son normales en un mundo globalizado, pero Perogrullo no firmaría en ningún caso que la globalización no es un fenómeno meteorológico, una ley física ineludible. Y es que si las industrias europeas se van a países donde los salarios, las condiciones de trabajo, la seguridad laboral, y tantas otras cosas están al nivel de lo que sufría la clase obrera europea en el siglo XIX es porque los productos que se manufacturan con todo tipo de intensidades de explotación laboral vuelven luego a entrar en los espacios donde se respetan los derechos humanos sin ningún tipo de sobrecoste. Y eso no es física, es decisión política.
Así la cuenta le sale a cualquiera. Consiguen productos más baratos, mayores beneficios a costa de aprovecharse de las personas y con ello no solo se lucran de manera inmoral sino que ponen en riesgo esos valores y derechos que dicen que son la seña de identidad de la civilización europea. Porque para competir en ese juego a los trabajadores y trabajadoras de aquí solo les queda o renunciar a sus derechos o pertenecer a territorios que por su fortaleza política son capaces de recibir otro tipo de compensaciones económicas. Pero esa fortaleza tiene sus días contados también. Primero son los territorios débiles los que caen, luego vendrán los demás. Ya lo vimos lo que ocurrió primero con el binomio campo-ciudad. Y cada Vestas que se larga a China es otro día contado más.
Publicado en La Nueva Crónica el 24 de julio de 2018
miércoles, 25 de julio de 2018
miércoles, 11 de julio de 2018
Enredando
El asunto de cómo se bautizan las operaciones policiales en España siempre da para unas risas. Desde la Gürtel, traducción en alemán del nombre del principal cabecilla de la trama, hasta la Operación Pitufo, que hacía referencia a la pequeña estatura del jefe de una red de delincuentes, los responsables de la Policía siempre han demostrado el extraordinario sentido del humor con el que se toman sus investigaciones. Las ha habido que fueron nombradas de manera casi obvia, como la Operación Anca, que perseguía a una banda en la que uno de sus integrantes recibía el mote de ‘el Rana’, otras cuya denominación reflejaba la extraordinaria complejidad de las pesquisas, como la Operación Puzle; y por supuesto las que se nombraban con un apelativo que describía el ambiente de barra libre con el que la corrupción parece haberse instalado, como la Operación Guateque.
Ahora nos han regalado una impagable Operación Enredadera y también ha dado para unas risas por estos lares. Risas, eso sí, maliciosas y cabronas, propias de quienes llevan mucho tiempo esperando algo y no ven nunca llegado el momento. Y aunque imagino que los agentes policiales recurrieron a tan vegetal metáfora como fórmula descriptiva de los vericuetos de la trama que investigaban, es que su sugerente apuesta da para mucho más.
No hay más que estudiar alguno de los nombres implicados para convenir que no solamente todos ellos formaban una enredadera venenosa que cubría los muros de nuestras instituciones, resquebrajaba los morteros que unían sus piedras, levantaba tejados y daba paso a la humedad y la intemperie al interior de estancias que solo deberían haber estado ocupadas por la dignidad, la democracia y el servicio público; sino que todos ellos se distinguen por su especial habilidad de enredar.
Porque esos nombres son los de las personas que llevan décadas enredándolo todo, desviando atenciones, postergando soluciones. Los mismos que consiguieron que cuando alguien los criticaba siempre hubiera una flor de la enredadera vociferando: «Ya están estos enredando».
Publicado en La Nueva Crónica el 10 de julio de 2018
Ahora nos han regalado una impagable Operación Enredadera y también ha dado para unas risas por estos lares. Risas, eso sí, maliciosas y cabronas, propias de quienes llevan mucho tiempo esperando algo y no ven nunca llegado el momento. Y aunque imagino que los agentes policiales recurrieron a tan vegetal metáfora como fórmula descriptiva de los vericuetos de la trama que investigaban, es que su sugerente apuesta da para mucho más.
No hay más que estudiar alguno de los nombres implicados para convenir que no solamente todos ellos formaban una enredadera venenosa que cubría los muros de nuestras instituciones, resquebrajaba los morteros que unían sus piedras, levantaba tejados y daba paso a la humedad y la intemperie al interior de estancias que solo deberían haber estado ocupadas por la dignidad, la democracia y el servicio público; sino que todos ellos se distinguen por su especial habilidad de enredar.
Porque esos nombres son los de las personas que llevan décadas enredándolo todo, desviando atenciones, postergando soluciones. Los mismos que consiguieron que cuando alguien los criticaba siempre hubiera una flor de la enredadera vociferando: «Ya están estos enredando».
Publicado en La Nueva Crónica el 10 de julio de 2018
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